miércoles, 1 de diciembre de 2010

Una batalla campal


Los alimentos transgénicos enfrentan a ecologistas, científicos, agricultores y consumidores

España es el país de la UE en el que se permite el cultivo de maíz transgénico a escala comercial desde 1998

María Rodríguez / Málaga 
Si uno lee los periódicos de mediados del siglo XIX del Sur de Francia, verá que hubo una enorme controversia porque se estaba instalando el ferrocarril. Era una nueva tecnología y la polémica fue brutal. También estaban en contra de que se instalara cerca de las ciudades. Lo que ocurría es que la gente estaba abanderada principalmente por un obispo. Este obispo decía que ese tipo de tecnologías era una aberración porque al montarse en el tren la velocidad que se cogía era tal que el alma se separaba del cuerpo. La polémica era muy agria, completamente agria. Tanto que hay muchas zonas de Francia donde se hicieron estaciones a kilómetros de la ciudad para que no hubiera ningún tipo de interferencia espiritual. 

Para Eduardo Rodríguez, Director del Área de Genética del Departamento de Biología celular y Genética de la Universidad de Málaga, “con esto pasa exactamente igual. En esta polémica hay muchísimo desconocimiento, muchísima gente que habla de este tipo de tecnologías sin tener ni idea. Todo este tema de los alimentos transgénicos es una bandera, una bandera que representa determinada filosofía política o social.  Se utiliza pero no con razonamientos técnicos o científicos, sino con argumentos simplemente políticos”.
El pasado sábado 17 de abril, unas 15.000  personas, entre ellas unas 40 organizaciones ecologistas, agrarias, de consumidores y de desarrollo se manifestaron en Madrid contra el uso de transgénicos en la agricultura y la alimentación. Galo Acebes, voluntario de Ecologistas en Acción de Málaga explica que los alimentos transgénicos son rechazados por los consumidores porque “hay numerosos estudios que muestran que son dañinos para la salud y el medio ambiente” y que, además, las compañías de semillas transgénicas “presentan estudios científicos, pero hasta ahora han demostrado ser sesgados, escasos, incompletos y en varias ocasiones manipulados”.

Los alimentos transgénicos provienen de una planta que ha sido modificada genéticamente. También son llamados OMG, es decir, organismos modificados genéticamente. Sin embargo, son términos que se refieren a cosas diferentes, ya que un OMG es aquel en el cual se ha introducido un fragmento de ADN de manera externa o artificial, aunque muchas veces se utilizan procesos naturales. Los OMG no sólo sirven para crear alimentos transgénicos, también se modifican las bacterias para producir medicamentos como, por ejemplo, la insulina que antes se sacaba de las vacas y otros mamíferos, pero ahora se saca completamente de OMG.

Desde que se descubren las leyes de la Genética, a principios del siglo XX, se aplica la Genética al proceso de selección de aquellos productos que más interesan. A esto se le conoce como mejora genética.Va a permitir la generación de nuevas especies que antes no existían. Por ejemplo, el tomate que nosotros comemos ahora no tiene nada que ver con aquel del que proviene.Todo ese proceso de mejora genética ha dado lugar a las zanahorias, los tomates, a los melones, a las sandías, las nectarinas... alimentos que antes no existían en la naturaleza. “El hombre ha mezclado genes de distintas variedades sin saber lo que estaba mezclando, pero nadie tiene un problema. No tiene sentido estar en contra de mezclar dos especies que la naturaleza no une. El hombre va, lo fuerza y lo mezcla y eso es perfectamente asimilable y todos nos lo comemos. Ahora, si le metes un fragmento de ADN que conoces, que tú sabes lo que es, en lugar de muchos genes a ver lo que sale, ya es malo”, argumenta Eduardo Rodríguez.

Luís Méndez Escalante, ingeniero agrónomo perteneciente a la asociación de agricultores ASAJA de Málaga, afirma que “al principio las plantas producían muy poco, pero por la selección han ido cruzándose los mejores patrones y al final se han obtenido los cultivos que tenemos hoy en día. Eso es una cosa que ocurre a lo largo de los años y ahora nos estamos saltando toda esa cadena pero con nuestra intervención. No sabemos que efectos puede tener esto en la salud”.

En España se cultiva el maíz  transgéncico con las modificaciones Bt 176 y Mon 81. Al maíz Bt, patentado por la multinacional Monsanto, se le ha introducido una bactería, el Bacillus thuringiensis, que se puede recoger del suelo y que produce una toxina para muchos insectos, especialmente para los que atacan al maíz. La  polémica está en que esta bacteria se le ha incorporado al maíz para que la produzca él mismo, aunque no se ha comprobado que sea perjudicial para la salud del consumidor. 

Sin embargo, los agricultores ya hacían esto, cultivaban o compraban el cultivo seco de esa bacteria para echárselo a los maíces y protegerlos de las plagas para no perder la cosecha. La bacteria significa miles de genes que producen muchas sustancias  y entre ellas esa toxina que es tóxica, no para el ser humano, sino para los insectos. La diferencia está en que en vez de tener que echar la bacteria, con todo lo que eso significa, se selecciona el gen que produce esa tóxina, no el resto, y se lo introduces al maíz, que produce sólo y exclusivamente esa toxina contra el insecto. “Desde un punto de vista ambiental, de salud y de eficiencia, es mucho más eficiente lo segundo que lo primero, lo primero es una barbaridad”, comenta Eduardo Rodríguez. 

Por otro lado, opiniones en contra argumentan que “el polen contaminado se puede desplazar kilómetros y, una vez que se produce el cruce con una planta no transgénica, la descendecia es portadora del gen transgénico”. Eduardo Rodríguez explica que “eso es perfectamente aplicable a cualquier variedad sea transgénica o no. Cualquier especie desarrollada en el campo por mejoras genéticas puede tener las mismas posibilidades de contaminar especies silvestres que una transgénica”.

Son muchos los argumentos en contra del desarrollo de esta tecnología en Europa. Los científicos están de acuerdo en seguir desarrollándola de manera controlada, pues consideran que cuando el ciudadano perciba que los alimentos transgénicos tienen algún beneficio, como se observa ya en medicina, empezará a pensar que tampoco son tan malos. Por el momento, el consumidor dice No a los transgénicos.

El monopolio Mon

Las multinacionales patentan las semillas

En la actualidad, casi todos los cultivos de OMG se comercializan a través de cuatro grandes compañías: Monsanto, DuPont, Syngenta y Bayer. Monsanto vende más del 90% de las semillas transgénicas que se utilizan en todo el mundo. 

Las organizaciones ecológicas consideran que los OMG son sólo el instrumento para mantener y aumentar las ventas de productos químicos. Gabo Acebes, voluntario de Ecologistas en Acción, considera que “los intereses de los OMG, hasta ahora, son única y exclusivamente comerciales y benefician a unas cuantas compañías multinacionales”.

Según Gabo Acebes, de las dos variedades de maíz que hay, el Bt y el Mon, esta última “hace a la planta resistente a un herbicida el cual es vendido en exclusiva por la compañía que produce el transgénico, con lo que le permite vender mucha más cantidad de dicho herbicida”. Hay gente que dice que el problema que tiene el Bt es que está patentado  por una empresa, que es Monsanto, y se va a quedar con el negocio a nivel mundial.

Según Luíz Méndez, técnico agrónomo, el maíz es modificado genéticamente para que reaccione contra un insecto pero éste con el tiempo puede mutar. “Es entonces cuando aparecen las casas comerciales, como Monsanto, que tienen la patente”. Luego, “sí tu compras ese maíz y el día de mañana crea resistencias, Monsanto sacará otro y entonces vas a tener una dependencia siempre muy fuerte de esa multinacional”. Esa es una de las cosas que más atacan los que están en contra. Que haya una sola persona que controle todo eso. 

Los científicos afirman que eso es lo mismo que pasa con los antibióticos, con los insecticidas y con cualquier lucha contra un patógeno. Una persona o una planta genera una resistencia, sin embargo, el patógeno genera una contra-resistencia a eso. Si se utiliza una barrera contra un patógeno éste va a terminar superándola sea lo que sea, es consecuencia de la evolución. Eduardo Rodríguez explica que “no hay una sola versión de la Bt y hay distintas posibilidades respecto a eso. Ahora si solo utilizamos una Bt, llegará un momento en que se supere esa resistencia, pero eso yo no se si les conviene mucho a la multinacionales”.  

El 90% de las semillas está en manos de Monsanto
 “¿Qué eso son estrategías empresariales?” plantea Eduardo Rodríguez, “no me cabe la menor duda, pero no están ligadas específicamente a los alimentos transgénicos ni a las plantas transgénicas, están ligadas a todo. La crítica puede ir a todo, pero no es una crítica en contra de los alimentos transgénicos, es más al tipo de agricultura o al tipo de empresa. Pero tú no puedes decir que lo alimentos o las plantas transgénicas son malas porque las multinacionales puedan hacer eso”.

La legislación europea es completamente distinta a la legislación de EEUU, China o India. Aquí somos extraordinariamente restrictivos y la consecuencia que tiene es que la investigación ha ido muchísimo más rápida en esos países que en Europa. La investigación en Europa no tiene la aplicación industrial que sí tiene en EEUU o en Asia. En consecuencia, está por detrás y empresas como Monsanto son las únicas que están desarrollando toda la tecnología y patentándola. Cuando en un futuro alguien quiera utilizarla va a tener que pagar.
Ahora mismo sólo las grandes multinacionales pueden, en Europa, darse el lujo de poder intentar comercializar esos productos por el coste de todas las pruebas que la legislación europea exige. Luís Méndez considera que “mejor sería que no hubiera un monopolio, pero claro, estamos hablando de ingeniería genética, eso no es barato ni es facil, y requiere una infraestructura que no tiene cualquiera”.

Los cultivos transgénicos suelen presentarse por sus propagandistas como la solución del hambre en el mundo por el aumento productivo que suponen. Para sostener esta afirmación se debería distribuir la producción gratis, ya que el problema real es que no tiene comida quien no puede pagarla. El problema está en la distribución de alimentos y no en la carencia de los mismos. Sin embargo, la compañía Monsanto tiene el compromiso de encontrar soluciones para el problema del hambre en el mundo con la producción de este tipo de alimentos. 

Antón Novás señala en su libro El hambre en el mundo y los transgénicos “poner la alimentación del mundo en tan pocas manos -manos anónimas obligadas por su estrategia empresarial a la maximización de beneficios-, lo menos que puede dar es miedo”.

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